De como una flor puede llegar a ser votante de Sarkozy o Belusconi

Como flores grises de negros estambres.

Como barcos de papel flotando en madrugadas revueltas.

Como ancianos sin arrugas, como niños de alambre.

Como putas que de tanto pecar ya están absueltas.

Como flores de otoño, flores secas, flores muertas.


Rebaños de luz en conciencia oscura.

Ramos de rosas de plástico, en plástico envueltas.

Orden al batallón, y al general locura.

Cantos de paz salieron del cauce de una guerra.

Como flores de pólvora, flores cobardes, flores muertas.


Ídolo de Dios, que hasta Dios te reza.

Usía, majestad, señoría, vuecencia, alteza,

Enséñame quien es grande en la grandeza.

Si te equivocas, apagamos la luna que bosteza,

Como flor aburrida, flor herida, flor esclava, sin belleza.

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Insomnio lorquiano

No puedo dormir esta noche. No voy a descansar. Me desvela el día de mañana. Por fin voy a trabajar después de mucho tiempo en paro. Voy a burlar a la crisis que han inventado los bancos, esos que atan los bolígrafos con una cuerda. Pero no puedo dormir; estoy inquieto. Al final los estudios de arqueología me van a dar de comer, aunque me quiten el sueño. Es esa tontería de tener la oportunidad de sacar de la tierra los huesos muertos del que escribió su vida en palabras la que no me deja dormir. Otra vuelta en la cama. Las sábanas se enredan en mis piernas como una zarza malintencionada.




Cuando los tambores del alba me anuncien el día iré a Fuente Grande. Quizá escriba una línea de la historia con mis herramientas de fabricar desentierros suaves. O quizá el resultado de las excavaciones cierre el telón de La Barraca, y deje boquiabierto al mismísimo Ian Gibson. Vamos a empezar una prospección poética; a ver si sacando tierra enterramos la guerra. Después de hoy, la arqueología en Granada será una ciencia, y un sentimiento. Sabré si las falanges de las manos que encuentre son de poeta o de banderillero; y alguien leerá en una cadena de ADN un poema sin métrica, una certeza. Luego escribirán con la seguridad de una rima su nombre en una piedra dura como un corazón sin venas; y los turistas visitarán la Alhambra y la tumba de Federico.

Ya está amaneciendo y no he cerrado los ojos. A ver si encontramos al muerto que siempre estará vivo. A ver si, cuando todo acabe, él descansa para siempre, y yo descanso por la noche.

De como la verdad es un líquido entre las manos


Siniestra la luz que precede al alba.

aprovecho tu presencia que desvela

y aprieto con el puño tus entrañas,

hasta que una de tus preguntas me engaña

y la respuesta ausente derrama arena.


Vuelo constante de pájaros de miedo,

de pies de barro, de arrugas en la luna.

Equivocado estoy si me equivocas

al sacudir la vara verde de tu boca.

Sueño que duermo en cárceles de espuma.



El día que llueve, tú eres el sol que queda,

y me reflejo en tus charcos poderoso,

y le ponen mi nombre a una alameda.


Y cuando no hay razón que a mí me pueda,

ahí estás tú, corazón lluvioso.

Me empeño en ti, sol, por más que llueva.



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Besos (y vino, y risas, y música, y vosotros).


La Cuisine De Bernard - Fito & Fitipaldis



Besos de cristal,

de labios rojos, de rojo vino.

Labios resecos,

de amor, del camino.



Besos de silencio.

Paciente es el tiempo, oscuro el momento.

Cunas de madera con húmedo aliento,

cantan en silencio la canción de un sueño

que dibuja el vino que bebo con nervio.

Con nervio tan lento, que hasta el puro nervio

le arropa el silencio.



Besos amarillos que arrastran el viento

como una hoja seca que estaba durmiendo.

Como una uva roja que endulza el otoño,

como un río de hojas, como una botella,

como un manicomio.

Besos amarillos que le diera ella.



Besos de papel escondido en piedra

que escribiera él.

Fortaleza y hambre.

Que el vino te muerda como una mujer,

y que vino sangres.

Roja la doncella.

Besos de papel, de papel los versos,

versos para ella, que escribiera él.

Peñafiel, 12 de octubre de 2009.


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Cuando muere un poeta


José Antonio Muñoz Rojas se fue a celebrar sus 100 años como cuando se va a escribir, a solas.


Cuando muere un poeta

se nos cae a pedazos

un pedazo del alma,

un trozo de sus versos,

mil porciones de sueños.


Cuando muere un poeta

aunque la luna crezca

el mar solloza en olas

y la marea mengua

el amor de sus rimas,

y el cielo donde suben

todas sus letras vivas

se asoma al frío invierno

del poeta que ha muerto.


Cuando muere un poeta

parece que estoy viendo

que en su última estrofa

ha vuelto del infierno.


Cuando muere un poeta,

pienso que él está vivo,

y que yo soy el muerto.



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Urgencias


Si tienes una urgencia estoy de guardia.

Si te quejas por gusto.

Si no coges el sueño.

Si no ves el antifaz de mi espalda.


Si no cantas, ni bebes, ni ríes

Si vives detrás de un telón

Si nadie aplaude tus sudores

Si la calle libertad está cortada por obras



Si el mar es tu mayor ausencia,

Y la tierra se inunda de grietas.

Si el espejo es el único que te mira el culo.

Si gastas más botes de fairy que de perfume.


Si te caen tormentas aunque esté raso.

Si tienes que sonreír a los que te ponen jáquima.

Si siempre piensas en subjuntivo.

Si no sabes cómo legalizar tus tabús.




Sé hacer una operación sin cirugía ni anestesia,

Que te pone un antifaz en la mirada.

Si tienes una urgencia estoy de guardia.

Léo Valentin. L'Homme Oiseau.


Esta es la historia inventada de Léo Valentin. Léo nació bajo un signo de aire, un día que el viento pasaba despeinando los bosques de Epinal (cerca de Estrasburgo). Desde pequeño se perdía en la anchura del tiempo mirando los pájaros, los aviones, haciendo volar cometas fabricadas y remendadas con sus propias manos. Léo siempre miraba al cielo. Entendía los vientos con sólo notar el roce de alguno de ellos en la piel; sabía cuando una corriente de aire era propicia para coger altura; comprendía mejor que nadie como las aves ahorran energía en sus largos viajes a África que empezaban siempre cuando en la casa olía a castañas y cuando las hojas amarillas de los árboles más cansados le hacían una alfombra a sus juegos infantiles.

Sobre una montaña de estas hojas secas, que él mismo moldeó con las manos, instaló la pista de aterrizaje de su primer vuelo. Saltó desde una rama quebradiza de un nogal anciano con dos tablas de madera al hilo de los brazos cubiertas de tela y sujetas por unas cuerdas que robó a su padre en el trastero. Se abrió las rodillas y se le cerraron los omoplatos al caer; pero el corazón seguía volando; quizá el corazón era producto de su imaginación intrépida. Fue perfeccionando la técnica y rompiendo sus huesos conforme pasaban los años, hasta que llegó a construir, yo diría confeccionar, un traje de tela y madera que le hacía planear, es decir, pesar como el aire, y que le convertían en una especie de murciélago blanco. Estableció técnicas de salto que hoy día se usan como un manual. Disfrutó, vivió, sintió cada salto a pesar que la burla callejera que profetizaba que Léo el pájaro un día se iba a matar. Léo no escuchaba. Léo volaba.



Participó en la Segunda Guerra Mundial como paracaidista del ejército aliado. Y volaba. Y llegó a hacerse amigo del viento, que le invitaba a dar un paseo sobre las cabezas de los mortales de la lengua larga. En 1956, hizo una exhibición de salto en Liverpool. Vistió su membrana de aspecto vampiresco, y, a la hora de saltar, algo falló. El aire golpeó una de las maderas contra el avión y cayó. Yo no sé qué pasó; su sobrino nieto tampoco supo explicármelo. Un mal vuelo. El primero le rompió las rodillas. Este fue el último. Los demás, sencillamente, los voló. El loco hizo lo que quiso en su vida. Nunca hubo otro después de Ícaro y de Leonardo que volara tanto. Y aquí acaba la historia inventada de Léo Valentin. Por eso me gusta soñar; porque es como volar, pero con menos riesgo físico.


Merci Eric pour l’histoire, et pour ta compagnie.